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Jefferson Farfán y un grito del alma: “Por Paolo, por Paolo, por mi hermano Paolo”

📁 Perú, Rodando Historias 🕔17.noviembre 2017

Jefferson Farfán, llora dedicandole el gol a Paolo Guerrero. (ANDINA)

Por Rodolfo Espinal

Lima, nov. 17.- Tras el pitazo final del árbitro francés Clément Turpin, y mientras todo el Perú celebra con una euforia y felicidad nunca antes vistas, Jefferson Farfán se arrodilla en el gramado del Estadio Nacional, agradece a Dios, se tapa el rostro y cae lentamente, mientras se echa a llorar como ese niño que fue, ese niño que corría junto a sus amigos en las polvorientas canchas de Villa El Salvador, ese niño que compartió sueños con su hermano de vida: Paolo Guerrero.

Jefferson Farfán en el cesped llora de emocion. Peru esta en el Mundial de Rusia 2018. (ANDINA)

El atleta veloz, de formidable condición física, el hombre que había vuelto a nacer con la blanquirroja, se derrumbó de pura emoción. El Mundial había dejado de ser esa ilusión que se venía apagando sin misericordia cada cuatro años. Y Farfán, con 33 años, sabía que con Nueva Zelanda era ahora o nunca, era la última bala que le quedaba para llevar a Perú a Rusia.

Y justo a esa edad, que para los católicos es tan especial, Jefferson logró su eterna redención y gloria con un golazo que estremeció e hizo estallar de júbilo no solo a una Nación, sino a toda América. Tras ese misil histórico ya le había dedicado el tanto a su hermano Paolo Guerrero. Un gesto que marcará a muchas generaciones, fundamentalmente a quienes han visto por primera vez la clasificación de Perú para un mundial. Nadie olvidará esa camiseta 9 de Paolo Guerrero.

Farfan llora con sus companeros luego de clasificar al mundial. (ANDINA)

Varias manos de sus compañeros se extendieron para recoger a Jefferson del gramado, pero el hombre no se podía poner de pie, simplemente no dejaba de llorar. El experimentado Farfán no podía contener el llanto. No podía más. Mientras tanto, el Estadio Nacional retumbaba de emoción y la esperada fiesta se empezaba a desatar en todo el Perú.

“Su mirada era la de un niño que se tapaba el rostro por momentos para que no pudieran verlo”, nos contó Carlos Lezama, reportero gráfico de la Agencia Andina, presente en el momento más íntimo y sublime de Farfán. “Te queremos…”, le alcanzó a decir a corta distancia. Su voz fue la voz de todo un país que volvió a amar a Jeffry, como al hijo pródigo que nunca olvidó su primer hogar.

Jefferson ya había llorado ante todo el Perú cuando Uruguay nos eliminó en ese mismo estadio para el Mundial de Brasil 2014. Esa noche era su revancha, su gran revancha a la vida, a los duros momentos que vivió cuando la mayoría lo creyó un futbolista casi retirado o decía que nunca fue el héroe que la vida le había destinado ser.

Levántate, Jeffry

Y entonces el gerente de Seguridad de la Federación Peruana de Fútbol (FPF), Abel Gamarra, fue a levantarlo. Farfán recibió sus brazos como cuando un padre va en tu auxilio, o como cuando solo quiere protegerte o amarte. Y Jefferson no paraba de llorar.

“Por Paolo, por Paolo, por mi hermano Paolo”, decía Jefferson Farfán recordando al hermano caído, al hombre que nos había llevado al repechaje y a quien le prometió por teléfono clasificar para el Mundial de Rusia 2018.

Jefferson Farfán pensaba en el hermano ausente en el momento de gloria. Imaginaba a Paolo sufriendo por no estar en el partido final de Perú, le dolía en el alma no estar juntos como cuando jugaban en los juveniles de Alianza Lima y eran la pesadilla de todas las defensas. Habían sufrido juntos en la odiada época en que la selección solo era lamento y frustración.

Como un soldado herido fue rodeado por sus compañeros que dejaron de lado sus propias y merecidas celebraciones. Allí estaban jóvenes como Renato Tapia, Raúl Ruidíaz, Andy Polo, André Carrillo y Yordy Reyna. Hasta el recién convocado Adrián Zela quiso abrazarlo como a un viejo camarada del fútbol. Todos lo querían abrazar y mimar.

Jefferson Farfán, finalmente, se levantó y caminó. Miraba al cielo, al estadio y se dio cuenta de que sí, de que no era más un sueño. Había logrado la clasificación y se lo había dedicado a su hermano Paolo, lo había hecho por su hermano “chupa dedo”, como le decía cuando solamente eran unos niños inquietos.

Y mientras Jefferson Farfán por fin extendía los brazos al cielo en señal de gozo y liberaba su alma, en el Estadio Nacional se seguía escuchando el cántico: “Cómo no te voy a querer…, cómo no te voy a querer”. ¡Cómo no los vamos a querer, Jefferson y Paolo!

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